El advenimiento de las nuevas tecnologías ha generado una transformación radical en el mundo laboral y en las relaciones sociales. Si bien se han tejido múltiples narrativas en torno a los beneficios y desafíos de esta revolución digital, una cuestión que ha permanecido en las sombras es la emergencia de una supuesta «nueva clase inútil». Este concepto, aunque ampliamente difundido en el discurso público, carece de un fundamento empírico sólido y revela una serie de sesgos cognitivos y sociales.
En primer lugar, es importante cuestionar la misma noción de «inutilidad». ¿Qué criterios se utilizan para determinar si una persona es o no útil en una sociedad cada vez más compleja y diversificada? La utilidad tradicionalmente se ha asociado a la capacidad de generar valor económico a través del trabajo asalariado. Sin embargo, esta visión reduccionista no logra captar la multiplicidad de formas en que las personas contribuyen a la sociedad. Actividades como el cuidado de los demás, el voluntariado, la producción cultural y la participación ciudadana, aunque no siempre estén remuneradas, son fundamentales para el bienestar social.
En segundo lugar, la idea de que las nuevas tecnologías generan una «clase inútil» implica una visión determinista y lineal del progreso tecnológico. Se asume que la tecnología avanza de manera inexorable y que sus efectos son siempre negativos para los trabajadores. Esta perspectiva ignora la capacidad humana para adaptarse y reinventarse en respuesta a los cambios tecnológicos. A lo largo de la historia, las nuevas tecnologías han generado tanto destrucción como creación de empleo. Si bien es cierto que algunas tareas se automatizan, también surgen nuevas oportunidades laborales que requieren habilidades y conocimientos especializados.
En tercer lugar, la noción de una «nueva clase inútil» responde a una serie de prejuicios sociales y culturales. Se tiende a asociar la inactividad con la pereza, la falta de ambición o la inferioridad moral. Sin embargo, las razones por las cuales una persona puede encontrarse en una situación de desempleo o subempleo son múltiples y complejas, y van más allá de la voluntad individual. Factores como la discriminación, la falta de acceso a la educación y la formación, y las crisis económicas desempeñan un papel crucial.

En muchos países en desarrollo, la adopción de las nuevas tecnologías se encuentra aún en una etapa temprana, lo que genera una brecha digital significativa. Esta brecha no solo limita el acceso a la infraestructura física, a la información y a las oportunidades laborales, sino que también exacerba las desigualdades existentes y aún más preocupante es que los lideres gubernamentales no entienden y no les interesa los efectos de estas desigualdades y en tal sentido, crean políticas que favorecen la informalidad laboral, precariedad laboral añorando el pasado y no pensando en las nuevas realidades.
La idea de una «nueva clase inútil» generada por las nuevas tecnologías es un constructo social carente de fundamento empírico sólido. Al analizar críticamente este concepto, se revela una serie de sesgos cognitivos y sociales que obstaculizan nuestra comprensión de los desafíos y oportunidades que plantea la revolución digital. Es necesario adoptar una perspectiva más compleja y multidimensional, que reconozca la diversidad de experiencias humanas y la capacidad de adaptación de las sociedades.
Las decisiones sociales pueden desempeñar un papel fundamental para mitigar los impactos negativos de la digitalización y promover una transición justa hacia una economía basada en el conocimiento. Sin embargo, es necesario reconocer que el éxito de estas políticas dependerá de una serie de factores, incluyendo la voluntad política, la capacidad institucional, la eliminación de la corrupción y el compromiso de todos los actores involucrados.







