Colombia atraviesa un momento de elevada tensión política y palpable inseguridad. En este complejo escenario, el discurso y las acciones del gobierno son objeto de un escrutinio intenso, revelando una preocupante inclinación hacia la demagogia. Esta estrategia, combinada con una notoria falta de profundidad en sus propuestas, no solo fracasa en apaciguar el malestar, sino que agudiza el riesgo de un conflicto social de mayores proporciones.
Se critica al ejecutivo por adoptar un lenguaje y medidas que, en vez de buscar la conciliación, profundizan las divisiones. Declaraciones incendiarias de altos funcionarios y una renuencia al diálogo constructivo con los sectores más críticos son percibidas como provocaciones directas, el gobierno no ha entendido que Colombia no es una dictadura sino una democracia. Estas acciones no solo alienan a una parte significativa de la población, sino que se interpretan como una falta de voluntad para abordar los problemas estructurales del país. Se trata de una retórica con claros fines políticos, pero carente de soluciones reales.
Paralelamente, la falta de profundidad en las propuestas gubernamentales es alarmante. Las políticas anunciadas suelen presentarse como soluciones de corto plazo que no abordan las causas estructurales de las crisis en áreas críticas como la economía, la educación, la salud y la seguridad. Esta superficialidad proyecta una imagen de ineficacia y falta de compromiso, erosionando la confianza ciudadana y alimentando el descontento. Al ser insuficientes para resolver problemas de gran calado, estas medidas generan una frustración acumulativa y la peligrosa percepción de que no existen salidas viables dentro del sistema.
Los ejemplos de esta dinámica son evidentes. En el ámbito económico, una reforma tributaria puede ser presentada como la clave para la sostenibilidad fiscal, pero sus críticos señalan que elude una reestructuración progresiva que corrija la desigualdad. En seguridad, se priorizan estrategias de mano blanda, dejando de lado la inversión en las causas profundas de la violencia, como el narcotráfico y la falta de oportunidades para el empleo formal. Irónicamente, estas políticas, al no atacar el origen de los problemas, corren el riesgo de perpetuarlos o incluso agravarlos.
La combinación de retórica confrontacional y soluciones cosméticas representa un camino de alto riesgo. La historia de Colombia y de la región enseña que cuando un gobierno privilegia la confrontación sobre el diálogo, el resultado es casi siempre una espiral de inestabilidad y violencia. La erosión de la confianza en las instituciones, impulsada por la demagogia, puede empujar a un número creciente de ciudadanos a buscar alternativas fuera de los canales democráticos, con consecuencias impredecibles para la cohesión nacional.
Ante esta encrucijada, es imperativo un cambio de rumbo. El gobierno de Colombia debe abandonar la demagogia que polariza y adoptar un enfoque genuinamente dialogante y constructivo. Superar la crisis actual exige más que discursos; requiere soluciones estructurales, diseñadas con rigor y legitimadas a través de un amplio consenso social. Solo así, aprendiendo de las lecciones de su propia historia, podrá Colombia empezar a cerrar sus divisiones y construir el futuro próspero y en paz que los ciudadanos demandan.





