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El silencio que mata en los municipios pequeños

En Colombia, la conversación pública sobre la violencia suele concentrarse en las grandes ciudades, o en las zonas históricamente reconocidas por la violencia que sufren de parte de los diferentes grupos armados, son ellos los dueños de los titulares de alto impacto y de las cifras nacionales que apenas rozan la superficie de lo que ocurre en los territorios. Mientras tanto, en muchos pueblos pequeños se va instalando otra tragedia: los homicidios aumentan casi en silencio, poco a poco, sin provocar una noticia en los grandes medios de comunicación, la indignación sostenida de la sociedad ni la respuesta estatal que una pérdida de vidas humanas debería exigir.

Ese incremento gradual es, precisamente, parte del problema. Cuando la violencia explota de forma abrupta, el país reacciona; cuando sube de manera lenta, dispersa y localizada, se normaliza. Un asesinato en un municipio pequeño no alcanza a convertirse en noticia regional o nacional. Uno o dos más en los meses siguientes pueden parecer hechos aislados. Pero esa lectura fragmentada oculta una tendencia: la erosión paulatina de la seguridad, de la confianza comunitaria y de la presencia efectiva del Estado. Esa brecha, la utilizan los grupos delincuenciales para sembrar terror en el territorio sin que la sociedad en general se entere o preste atención a estos terribles hechos, anestesiando poco a poco las comunidades.

En los pueblos pequeños, además, el homicidio tiene un impacto social más profundo. No se trata solo de una estadística: es el vecino, el comerciante, el joven del barrio, el líder comunitario. Cada asesinato altera relaciones cotidianas, aleja sueños de emprendimiento locales, aumenta el miedo a volver en días de descanso y multiplica el miedo en quienes allí permanecen. Lamentablemente, las sociedades justifican algunas muertes, con frases como “Algo debía”, sin tener en cuenta que todas las vidas son valiosas, los grupos delincuenciales anestesias con su táctica de muertes lentas, el lenguaje desde los liderazgos políticos anestesia, la programación televisiva y de Streaming anestesia, porque hacen creer que unas vidas son más valiosas que otras, porque hacen creer que la muerte violenta hace parte de la cotidianidad. Ante estos crímenes no hay decisiones contundentes, se responde tarde, con operativos temporales o discursos generales, cuando lo que se necesita es una estrategia persistente: justicia oportuna, prevención social, protección comunitaria e inversión institucional sostenida.

Lo más grave no es solamente que los homicidios aumenten poco a poco en estos territorios. Lo más grave es que ese aumento no escandaliza a nadie, cuando nadie se escandaliza, cuando a nadie le duelen los muertos, cuando un país deja que la violencia crezca en voz baja, termina aceptando como normal lo que debería ser intolerable.

Nombrar lo que ocurre, mirar las tendencias locales y actuar antes de que el deterioro sea irreversible no es una opción retórica: es una obligación ética y política.