La práctica política en Colombia obedece, desde el comienzo de la vida republicana, a una institución de la sociedad tradicional indicada con el nombre de clientelismo.
Esta práctica (clientelismo) se ha designado también con los nombres de caciquismo, caudillismo y gamonalismo. La hipótesis que se plantea consiste en afirmar que estos nombres designan una única actitud política con raíces conocidas en los comienzos de nuestra era sociopolítica “moderna”. La historia de la era que actualmente se vive, está cruzada por un ejercicio del poder típicamente clientelar que se ha dado desde el tiempo posromano o lo que algunos llaman “Después de Cristo”. Efectivamente, el clientelismo puede encontrarse en todas las sociedades porque en todos los tiempos los hombres han buscado un protector y han buscado a quien proteger, pero cuando esta “práctica social” se hace en una situación sociopolítica donde los demás referentes (la ley o el Estado) se han diluido, esta costumbre(clientelismo) se convierte en institución.
Marc Bloch – historiador francés – establece la génesis del clientelismo, en la disolución del imperio romano donde existía una relación patrón-cliente produciendo la institución de dependencia personal que más adelante desarrollaron los francos. En el siglo X de nuestra era (Después de Cristo), se encuentra madura la institución con el nombre de “sociedad tradicional” en la cual se anudan dependencias personales entre los poderosos y termina estableciendo una red generalizada de sometimiento desde los más bajos estratos sociales. Después del siglo XI la guerra produce vencidos, en adelante siervos (vasallos), esos son dependientes, protegidos y explotados por sus jefes, entendiéndose más adelante la servidumbre en la misma lógica del clientelismo para nombrar la persistencia de las dependencias personales entre burgueses y la clase social baja. El poderoso (burgués) se considera proveedor de seguridad económica y social – responde por los bienes necesarios para la vida-.
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España conquista América y trae consigo la “sociedad tradicional”, ejerce dominio físico y espiritual, se reinventa la esclavitud pero continua el paternalismo dado que el esclavo entra a ser un dependiente de su patrón. En el siglo XVIII la tierra se concentró en manos de la élite criolla, configurando al terrateniente y comerciantes en señores, patrones y centros de poder sobre los dependientes locales, esclavos, peones, agregados, terrazgueros e indígenas. En 1760 la élite criolla accede a la revolución cultural y estas toman nuevos aires envalentonados en las ideas de progreso económico y social, cargados con amor a la patria.
Tras la declaración de independencia en 1810 y las constituciones de la patria boba entre 1810 y 1816 se identifican los clientelismos y caudillos regionales donde cada hacendado movilizaba sus peones, esclavos y agregados para luchar sus guerras o para ejercer el divino derecho al voto en su favor, de tal forma Bolívar nombra estos hacendados caudillos como gobernadores o jefes provinciales de sus propias regiones. La red de gobernadores y jefes provinciales llevan a la presidencia a uno de ellos o luchan entre sí para llegar a ella. Surgen los caciques regionales. Los partidos tradicionales surgen de la adscripción política basada en la subordinación y obligando a los dependientes a asumir fanáticamente el culto a las ideas liberales o conservadoras, se produce el sectarismo político.
Se acaba la esclavitud en 1851, desde 1853 se adopta el libre cambio, se repartió la tierra baldía y los dependientes se convierten en terrazgueros, aparceros y trabajadores “concertados” garantizando de tal forma la relación tradicional de producción (patrón-empleado) y se continua la tradición clientelar de la política y su consecuente sectarismo. En 1863 la heterogeneidad socioeconómica y la fragmentación política se legaliza, el estado se mantiene en manos de quienes llegan al poder por las armas o por los medios “electorales” convenientes. El poder regional se mantiene con base en el clientelismo y el caciquismo sectario.
En 1886 la Regeneración corona sus intenciones organizando un régimen centralista doblemente eficaz ya que su carácter religioso lo hace más potente, accesible al proletariado alejado de las grandes ciudades y castiga a quien no los siga con el fuego eterno de los mismísimos infiernos, el fraude electoral es más eficaz dado que se cuenta con el poder militar y una policía a discreción. Después de la guerra de los mil días surgen los asalariados urbanos ahora proletarios, cristianos maquinistas, virtuosos, sujetos al padre de familia, el sacerdote y el estado apropiado por el caciquismo urbano. El clientelismo se adapta a las nuevas condiciones citadinas y se garantiza la continuidad en el poder.
En la mitad del siglo XX se moderniza el caciquismo del hacendado al urbano, allí se encuentran ya grandes oradores que profundizan el sectarismo hablando mal de los contrarios políticos, prometiendo proyectos y cosas más allá de la realidad social y económica del territorio, de allí la guerra no declarada entre los partidos.
En la actualidad, a pesar de los cambios sociales y económicos, el clientelismo, los caudillos y las personas “caritativas” siguen siendo significativos y tienen gran peso en las elecciones políticas, teniendo en cuenta que la población se inclina a “elegir” a quien le ayuda con las tejas y el cemento para su casa, el mercado para su familia, dinero para gastos personales, también se deposita el voto por quien dio un puesto de trabajo, saludo de pico, abrazo y apretón de mano, quien te ayudo a llenar un formato para la pensión, te ayuda con las deudas o por el que el sacerdote aconseje, igualmente existen otras formas de obtener el voto a través de la demostraciones falsas o verdaderas de caridad y preocupación por el bienestar general. Con este contexto es fácil entender porque se encuentran personas y familias sin conocimientos, sin interés por la comunidad pero con mucho dinero en concejos municipales, alcaldías, gobernaciones y la presidencia de la república y se entiende porque se hace difícil para una persona del común, con buenas intenciones, méritos profesionales, pero sin flujo constante de efectivo alcanzar buenos resultados en contiendas de elección popular.
La historia se sigue escribiendo especialmente en los pueblos mas olvidados donde políticamente sigue triunfando quien más “caridad” entrega o promete en aras de ser elegido, sin importar las competencias para ocupar el cargo; Lo peor de ello es encontrar ciudadanos que entienden la necesidad de tener personas capacitadas en cargos públicos recibiendo la “caridad” y depositando el voto perdiendo así su dignidad, olvidando la ética profesional y la integridad democrática.
Así vamos, limosneros, vasallos, peones, esclavos por el mundo entregándonos a incompetentes con dinero. Doscientos años de vida republicana; El manejo mediático, la demagogia y la limosna siguen sumando votos.
Falta información y educación política.




