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Sentir más que pensar: una peligrosa tendencia

Leyendo el libro La Batalla Cultural de Agustín Laje, aparece mas allá de la mitad del libro La frase: “No es casualidad que hoy el verbo sentir sea más usado que el verbo pensar”, esta, no solo es una provocación intelectual, sino también un diagnóstico certero del tiempo actual. Su valor radica en advertir una transformación cultural profunda: la primacía de la emoción sobre la razón como eje de la vida pública y privada. En nuestro país, esta tendencia no es un mero detalle anecdótico, sino que advierte implicaciones graves en el tejido social, la cultura y la política.

Es innegable que vivimos en la era de la inmediatez y de la sobreexposición digital, la llamada era de la información, donde las redes sociales virtuales actúan como amplificadores emocionales. Las plataformas no premian el análisis pausado ni la argumentación sólida; por el contrario, premian lo viral, lo indignante y lo que despierta adhesiones o rechazos instantáneos. El me gusta, el me enfada o el me encanta han sustituido en gran medida al debate racional. En este contexto, “sentir” no es solamente experimentar una emoción, sino convertirla en criterio principal de juicio.

En el ámbito cultural, la supremacía del “sentir” se manifiesta con fuerza, en áreas como el entretenimiento, los medios y la publicidad donde se capitaliza esta tendencia, construyendo narrativas que priorizan la conexión emocional inmediata en aras de vender estilos de vida y formas de “pensar”. Las producciones audiovisuales, las campañas publicitarias y hasta la música urbana han reforzado la idea de que la experiencia subjetiva del ahora y el “yo siento” tienen más valor que la reflexión colectiva y el “yo pienso que”. El riesgo aquí es que el arte y la cultura pierdan su función crítica para convertirse en simples espejos o herramientas generadoras de emociones momentáneas, sin cuestionar ni transformar la realidad, inclinando la balanza hacia un sentimentalismo vacío, donde las emociones se consumen como productos de moda y se desechan a la velocidad de 30 segundos por comercial.

En el tejido social, la polarización y la emotividad exacerbada han debilitado los lazos familiares y comunitarios y han fomentado divisiones profundas entre quienes tienen distintas formas de percibir el entorno que los rodea. Las redes sociales, con su capacidad para amplificar emociones y simplificar discursos, han jugado un papel crucial en este fenómeno, donde los publicistas y el descaro de los lideres, en lugar de fomentar espacios de debate racional y constructivo, se han convertido en bomberos, que al mejor estilo de Fahrenheit 451, no combaten, sino, que atizan el fuego: donde los argumentos basados en hechos son desplazados por apelaciones a los sentimientos. Esta dinámica no solo afecta la cohesión social, sino que también dificulta la implementación de políticas públicas efectivas y consensuadas.

En la política esta lógica emocional se ha convertido en un motor de campañas, discursos y decisiones colectivas. No importa tanto si una propuesta es viable o si una política pública está respaldada por evidencia técnica; lo relevante es que el mensaje logre conectar con una emoción masiva, ya sea esperanza, rabia o miedo. Esta tendencia ha favorecido liderazgos populistas, de izquierda y derecha, que apelan más al corazón que a la cabeza, simplificando realidades complejas en frases contundentes y moralmente movilizadoras.

En este sentido, recuperar el verbo “pensar” no implica negar la importancia de las emociones. La política, la cultura y el tejido social no pueden despojarse de la sensibilidad humana, porque es precisamente la empatía lo que nos conecta como sociedad. Sin embargo, la emoción debe ser el punto de partida, no el punto de llegada. La tarea pendiente es cultivar una ciudadanía capaz de sentir con intensidad, pero también de analizar con rigor. Esto requiere una educación que fomente el pensamiento crítico, un periodismo que priorice la verificación sobre el sensacionalismo, y líderes que no teman proponer debates complejos.

La frase encontrada en el libro La Batalla Cultural de Agustín Laje, es pertinente y urgente para nuestra sociedad, donde debe devolverse al pensamiento su lugar como brújula, y a las emociones su función como motor, no como timón, para avanzar hacia una sociedad con futuro social y económico, sin caer en la ola de farsantes capaces de mover emociones, pero incapaces de promover una cultura de dialogo, gestionar y pensar programas a largo plazo, retrasando de esta forma  avances hacia una sociedad unida y equitativa.